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La prensa y el lenguaje del medio ambiente

Alberto Gómez Font

Lingüista del Departamento de Español Urgente - Agencia EFE

Conferencia pronunciada en el Congreso de Periodismo Ambiental celebrado en Madrid en noviembre de 1997.


El conocimiento de los términos propios del medio ambiente comienza a ser imprescindible para un abanico de personas cada vez más amplio: empresarios, directivos, especialistas, profesionales o estudiosos de ese campo. Los términos utilizados en el campo ambiental y en las ciencias relacionadas con él deben interesar a las personas involucradas en los sectores industriales y de servicios relacionados con el medio ambiente.

Hay una gran confusión en el uso de los vocablos técnicos medioambientales, debida a que se dan significados diferentes a vocablos idénticos, según la profesión o nacionalidad de quienes los usan. Se debe, pues, intentar igualar el uso para evitar esos diferentes significados o interpretaciones, y así lograr la mayor y mejor unificación posible en la necesaria unidad e identidad de criterios.

Pocos ámbitos de estudio son tan multidisciplinarios como el medio ambiente, materia en la que trabajan ingenieros, químicos, biólogos, abogados, economistas, maestros, sociólogos, periodistas, etc. Y esa diversidad de profesionales hace que en la jerga medioambiental se junten términos que provienen de la ecología, del derecho, de la biología, de la economía, de la jerga empresarial, de la ingeniería y muchos otros campos, y llegar a conocer y emplear bien todo ese caudal léxico es tarea harto difícil.

La diversidad propia de las disciplinas que convergen en el medio ambiente, hace que, aunque estén unidas, convenga separarlas para su estudio; así, tendremos un léxico propio del aire, otro del agua, otro de los residuos, otro de los ruidos, otro de los suelos...

En lo que a mí me toca, como estudioso del lenguaje periodístico, la jerga medioambiental también forma parte de mi trabajo, pues revisando las noticias de la Agencia EFE lógicamente aparecen informaciones referidas al medio ambiente, y en ellas, de vez en cuando, surgen términos hasta ese momento desconocidos para los profanos y, con más frecuencia de la deseable, se dan vacilaciones en el uso.

Cuando apareció por primera vez en la prensa el concepto de "desarrollo sostenible" hubo cierta unanimidad en que se trataba de una traducción literal del inglés, pero el problema era que eso no significaba nada en español, y mucho menos lo que nos explicaban que debía significar, que era "desarrollo que satisface las necesidades de las actuales generaciones sin poner en peligro las posibilidades de las futuras" o "política y estrategia de desarrollo económico y social continuo que no vaya en detrimento del medio ambiente ni de los recursos naturales de cuya calidad dependen la continuidad de la actividad y del desarrollo de los seres humanos". Intentamos luchar contra el anglicismo mediante una nota que enviamos a los redactores de la Agencia EFE en la que les explicábamos que sostenible se aplica en español a lo que se puede sostener o mantener firmemente. Sustentar o defender. Sufrir o tolerar. Aquello a lo que se puede prestar apoyo o auxilio. Pero tuvimos que rendirnos ante la evidencia de que el término ya estaba acuñado, pues en julio de 1994, en el Banco de Datos de la Agencia EFE había 559 noticias en las que aparecía "desarrollo sostenible" y 341 en las que aparecía "desarrollo sostenido", por lo tanto aconsejamos que se prescindiese de la menos usada en favor de la primera forma, que es la traducción literal del inglés. Quedó claro una vez más que los organismos internacionales no son nada sensibles a los problemas lingüísticos del español y se acuñó la forma anglosajona.

Si nos entretenemos en revisar unos cuantos diccionarios, nos sorprenderá la cantidad de palabras comenzadas por el elemento compositivo de origen griego eco- que significa "casa", "morada" o "ámbito vital": ecología, ecólogo, ecologista, ecologismo, ecoclima, ecoclimatología, ecosfera, ecosistema, ecosonda, ecocidio, ecoespecie, ecoetiquetado, ecotipo, ecotóxico, ecotoxicología, ecoindustria, ecomuseo, ecologizar, ecomárketing, ecotasa, ecoturismo, ecotono, ecomensajero, ecodesarrollo y ecopacifista son las que yo he encontrado, pero muy probablemente haya unas cuantas más; imaginémonos, por ejemplo, un nuevo modelo de hombre: el "ecoejecutivo", dedicado a negocios relacionados con la ecología, y entretengámonos un momento en describirlo de dentro a fuera. Su interior serán unos "ecocalzoncillos" y acaso una "ecocamiseta", todo de algodón crudo, sin tintes; calzará unos horrendos "ecozapatos" de puntera muy ancha y tacón muy bajo, o quizá unas "ecosandalias" de parecidas características; los pantalones, perdón, "ecopantalones" serán de pura lana virgen, diseñados por Antonio Miró o David Valls, y completará su atuendo con una "ecocamisa" de algodón fabricada por los indios ecuatorianos.

Todos sabemos más o menos qué es eso de la "ecología". Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) es "la ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con su entorno" y "la parte de la sociología que estudia la relación entre los grupos humanos y su ambiente, tanto físico como social". Pero el primer problema se nos plantea con los términos "ecólogo" y "ecologista". Si seguimos con el DRAE, "ecólogo" es la "persona que cultiva la "ecología" y "ecologista" es aquel que "propugna la necesidad de preservar la naturaleza y ponerla a salvo de las perturbaciones ocasionadas con la moderna industrialización" o la "persona que profesa la ecología como ciencia". Algo más claras son las definiciones que encontramos en el Diccionario 'Clave' de uso del español actual, donde se define al "ecólogo" como la "persona que se dedica al estudio de la ecología" y al "ecologista" como "partidario o seguidor del ecologismo". Pero siempre nos encontraremos con ecólogos que también son ecologistas y con ecologistas que reivindicarán su condición de ecólogos.

Y qué difícil es ponerse de acuerdo o lograr que un consejo sobre el buen uso de una voz tenga el eco necesario, especialmente cuando, como dije antes al hablar del "desarrollo sostenible", están por en medio organismos oficiales sin ninguna sensibilidad lingüística. La sequía que España padeció en 1995 hizo que se aprobasen varios proyectos para la instalación de plantas potabilizadoras de agua marina, es decir, lo que en español siempre habíamos llamado plantas desalinizadoras. Pues bien, en los documentos oficiales del Ministerio de Obras Públicas español comenzó a utilizarse "desaladoras" en lugar de "desalinizadoras", y ello trascendió a la prensa y ahora estamos en ese momento en el que nadie sabe cuál de las dos palabras va a salir victoriosa. En las noticias de la Agencia EFE aparecen indistintamente los términos desalinizadoras y desaladoras: "...el proyecto de construcción de una planta desalinizadora en Egipto...", "...la polémica financiación de las plantas desalinizadoras de agua marina...", "...el favorecimiento de la construcción de plantas desaladoras...", "...una desaladora precisa cinco kilovatios para producir un metro cúbico de agua potable...", "...en Almería se estudia la posibilidad de instalar dos desaladoras...".

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) incluye en su última edición (vigésima primera, 1992) las voces "desalinización" y "desalinizadora", que, hasta esa fecha no aparecían en ningún otro diccionario español, o sea que el DRAE fue el primero en registrar el uso de esas palabras en nuestra lengua. Veamos cómo las define:

desalinización. (de salino). Femenino. Desalación del agua de mar.

desalinizador, ra. Adjetivo. Dícese del método usado para eliminar la sal del agua de mar. // 2. Femenino. Instalación industrial donde se lleva a cabo dicho proceso.

En la anterior edición (vigésima, 1984) del DRAE, y también en la última, encontraremos el verbo "desalar", que significa "quitar la sal a una cosa; como la cecina, el pescado salado, etc." y "dicho del agua de mar, quitarle la sal para hacerla potable o para otros fines". También aparece el sustantivo desalación como "acción y efecto de desalar". Pero si nos remontamos a la antepenúltima edición (decimonovena, 1970), veremos que desalar sólo significa "quitar la sal a una cosa; como a la cecina, el pescado, etc.", o sea que la acepción de quitar la sal al agua de mar es bastante nueva en el DRAE. Además dicha acepción no aparece en casi ningún otro diccionario español: María Moliner en su Diccionario de uso del español dice que desalar es "quitar la sal o el exceso de ella a algo -desalar el jamón, el bacalao-." Y Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española explica que desalar es "echar en agua el pescado o la cecina u otra cosa salada, para que pierda el sabor de la sal".

Si preguntamos a cualquier hispanohablante qué es desalar, lo primero que se le ocurrirá, sobre todo si vive en España, será la acción de poner el bacalao en agua para quitarle la sal. De ahí que si le hablamos de la instalación de desaladoras pueda pensar en artilugios para facilitar y acelerar la tarea antedicha. (Hay que tener además en cuenta que en ningún diccionario consta el adjetivo "desalador, ra" ni como tal adjetivo ni sustantivado con el significado de instalación industrial donde se desala el agua de mar.)

A todo lo anterior tenemos que añadir el hecho de que en todos los países hispanohablantes de América, o lo que es lo mismo, en la mayor parte del mundo Hispanohablante, las plantas donde se desala el agua de mar para hacerla potable se conocen como "desalinizadoras".

Lo mismo ha pasado con el verbo desertizar y el sustantivo desertización, los únicos existentes en español para referirnos a ese terrible problema. Pues no señor, ya no son los únicos, pues el papanatismo de los organismos oficiales de algunos países hispanohablantes, entre ellos España, ha permitido la entrada a "desertificar" y "desertificación", copias facilonas otra vez del inglés, y ya aparecen en los documentos publicados por la administración del Estado que no tienen, dicho sea de paso, ninguna consideración para con el buen uso del español. Hace un par de meses, en uno de los diarios españoles que más se preocupan por el buen uso del español, se trata del ABC, pudimos leer un artículo sobre la desertización en el que se usaban los términos correctos: "desertizar" y "desertización", pero al volver la página había un artículo firmado por la ministra de Medio Ambiente titulado "Desertificación", en el que esta se atrevía a describir el fenómeno de la desertificación como más grave que la "desertización": "La desertificación no es sólo, ni principalmente, como comúnmente se cree, el avance de los desiertos hacia sus zonas limítrofes -que correspondería al concepto de desertización-, sino un grave y constante proceso de degradación de la tierra, ocasionado tanto por variaciones climáticas como por la acción desordenada o incorrecta del hombre...". Y como la ministra usaba ese término, en el periódico decidieron dejarlo así, aun a sabiendas de que la ministra estaba equivocada.

Y rizando el rizo, pero con toda la buena voluntad del mundo, en uno de los pocos diccionarios en español dedicados al medio ambiente, nos explican que desertización y desertificación son cosas distintas: la primera, según las autoras del diccionario, es "el proceso por el que un área geográfica pierde gradualmente su población hasta quedar despoblada, y es una consecuencia de la previa desertificación". Esta, también según las autoras, es "el proceso por el que un área geográfica pierde gradualmente su cubierta vegetal".

¿De verdad alguien puede creerse que los hispanohablantes hilaremos tan fino como para establecer esa diferencia en nuestro léxico cotidiano? ¿Alguien puede, hablando en serio, suponer que el añadido del infijo FI en el centro de una palabra sirve para eso? ¿Desde cuando ese infijo significa "por obra del hombre"? ¿Tendremos que enseñar a todo el mundo esa sutil diferencia entre desertizar y desertificar y pretender que se la aprendan? A mí la cosa me parece poco seria, hablando siempre desde el punto de vista lingüístico.

Esa extraña decisión de diferenciar entre las dos voces también la tomaron los responsables del Termcat (Centre de Terminologia de Catalunya) que en el boletín "Full de difusió de neologismes" incluye los términos "desertificació" y "desertització". Al primero, "desertificació", le dan el significado de "proceso natural de formación de desiertos inducido por el hombre", y explican que en castellano es "desertificación", en francés "désertification" y en inglés "desertification". En cuanto al segundo, "desertització", le dan el significado de "proceso natural de formación de desiertos", esta vez sin la intervención del hombre, y su equivalente en castellano es "desertización", en francés "désertisation" y en inglés "desertization". Nadie parece haberse acordado de que en español tenemos una palabra para referirnos al "proceso por el que un área geográfica pierde gradualmente su población hasta quedar despoblada" y esa palabra es "despoblamiento".

En cuanto a los términos ingleses "desertization" y "desertification", si consultamos el Oxford English Dictionary y la Enciclopedia Británica podemos ver que se usan como sinónimos.

Y para evitar la "desertización", al menos en nuestro jardín, quizá habría que ayudarse con la "compostación" o el "compostaje", otros dos términos casi desconocidos para los profanos en las lides del medio ambiente.

Puedo adelantar aquí que en la próxima edición del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) aparecerá la voz "compost". Se trata del nombre de un tipo de abono que también se llama así en inglés y en francés, y supongo que en otras lenguas europeas, y que en español se conoce también con el nombre de "mantillo", cuya definición en el DRAE es: "Capa superior del suelo, formada en gran parte por la descomposición de materias orgánicas. // Abono que resulta de la fermentación y putrefacción del estiércol o de la desintegración parcial de materias orgánicas que se mezclan a veces con la cal u otras sustancias".

El Diccionario del medio ambiente de Ana Andrés Benito y Olga Roger Loppacher define al "compost" como "material tipo humus, bioquímicamente estable, constituido por materia orgánica, mineral y cerca de 40% de agua y pH neutro o poco alcalino. Resulta de la descomposición de la materia orgánica por procesos anaeróbicos o aeróbicos. También llamado mantillo."

En el mismo diccionario aparece la voz "compostaje", que es el "reciclado completo de la materia orgánica mediante el cual se la somete a fermentación controlada (aerobia) para obtener un producto estable de características definidas y útiles para la agricultura."

Ambas palabras, "compost" y "compostaje" aparecen últimamente en la prensa en las noticias sobre la creación de plantas destinadas a reciclar los residuos sólidos urbanos: basuras, restos de vegetales de poda y jardinería y los procedentes de depuradoras de aguas fecales. Ese tipo de instalaciones se llaman "plantas de compostaje" y en ellas funcionan los túneles aceleradores de compostaje controlado, en los que, según nos ha informado el Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial, se "transforman residuos orgánicos por medio de microorganismos para obtener un producto estable con un alto contenido en humus, que sirve para mejorar la estructura del suelo y ligar tierras arenosas."

También se utilizan los términos "compostaje" y "compostación" para la acción y efecto de "compostar", es decir, abonar terrenos con "compost", práctica que en francés se llama "compostage" y en inglés "composting".

Otro elemento indispensable para que las cosas sigan funcionando en este planeta es el agua, y hay algunos términos relacionados con ella que se confunden habitualmente en la prensa:

hídrico. (adjetivo) Perteneciente o relativo al agua.

hidráulico. (adjetivo) Perteneciente o relativo a la hidráulica. 2.Que se mueve por medio del agua o de otro fluido. Rueda, prensa hidráulica. 3. Se dice de la energía producida por el movimiento del agua. 4. Dícese de las cales y cementos que se endurecen en contacto con el agua, y también de las obras donde se emplean dichos materiales. 5. Arquitectura, cal, caliza, máquina hidráulica. 6. Ariete, cemento, hormigón, marco hidráulico. 7. Dícese de la persona que se dedica a la hidráulica. (Úsase también como sustantivo).

hidráulica. (sustantivo) Parte de la mecánica que estudia el equilibrio y movimiento de los fluidos. 2. Arte de conducir, contener, elevar y aprovechar las aguas.

hidrológico. (adjetivo) Perteneciente o relativo a la hidrología.

hidrología. (sustantivo) Parte de las ciencias naturales que trata de las aguas. // médica. Estudio de las aguas en relación con el tratamiento de las enfermedades.

Vistas las definiciones, queda claro que deberemos hablar de "recursos hídricos" cuando se trate de las reservas de agua con las que cuenta una región, una ciudad, un país... y no de "recursos hidráulicos" o "hidrológicos", como aparece en ocasiones en los periódicos o se oye en la radio y en la televisión.

Veamos ahora qué está pasando con la "climatología", palabra de moda que se está usando erróneamente haciéndola significar "clima", cuando la "climatología" es la ciencia que se ocupa de los climas: También "climatológico" se está empleando incorrectamente como sinónimo de "meteorológico".

El "clima", y por ende sus palabras derivadas, hace referencia a las condiciones meteorológicas habituales en un lugar dado. Así, cabe hablar de un clima atlántico o mediterráneo, definidos por unas circunstancias meteorológicas diarias -sol, lluvia o viento-, cuya repetición configura aquél. Pero no cabe decir que ese día hubo determinadas circunstancias climatológicas. Un lugar, salvo glaciaciones o grandes cambios similares, siempre tiene el mismo clima: lluvioso o seco; temperaturas cálidas o frías, extremas o templadas, mediterráneo o atlántico.

El Vocabulario de Términos Meteorológicos y Ciencias Afines, del Instituto Nacional de Meteorología define al clima como "conjunto fluctuante de las condiciones atmosféricas, caracterizado por los estados y evoluciones del tiempo en un dominio espacial determinado. De "climático" dice que es lo "perteneciente o relativo al clima". Y de "climatología" que es la "ciencia que estudia los climas (causas, variaciones, distribución, tipos, etc.). En el mismo diccionario vemos que "climatológico" es "perteneciente o relativo a la climatología" y "perteneciente o relativo a las condiciones propias de cada clima". Hoy en día hablamos mucho del cambio que se está produciendo en el clima, y más de uno está diciendo por ahí que se está produciendo un "cambio climatológico", cuando lo que de verdad está pasando es que hay un "cambio climático".

En muchas de las noticias y artículos de prensa referidos a los Juegos Olímpicos de Barcelona se hacía referencia a las predicciones sobre el estado del tiempo en los lugares donde se celebrarían las competiciones al aire libre, y era corriente encontrar en dichos textos las voces "meteorología" y "climatología" empleadas como sinónimas de fenómenos meteorológicos, condiciones climáticas, clima o estado del tiempo. Y no digamos nada del llamativo y frecuente error que es decir y escribir "metereología".

Otros términos como "lluvia ácida" o "marea negra" pueden significar cualquier cosa rara para los no avisados, y a los lectores de la sección de anuncios clasificados, subsección de servicios de "relax", que hay en casi todos los periódicos, puede recordarles ciertas perversiones. Y siguen llegando nuevos términos para nuevos conceptos que escapan a los no especialistas: la capa de ozono, la basura nuclear, los vertidos contaminantes, el efecto invernadero, los alimentos ecológicos, los ecoprofesionales, los ambientalistas, que no se dedican a ambientar los escenarios de las fiestas de la "jet-set".

Hace ya unos cuantos años... muchos años comenzó a hablarse de la "polución atmosférica" y la cosa trajo sus comentarios jocosos, pues hasta entonces la única "polución" que conocíamos era la nocturna, las embarazosas "poluciones nocturnas" que sufren los varones púberes. Y si miramos en el DRAE veremos que "polución", del latín "pollutio, pollutionis", en su primera acepción es "efusión del semen" y en su segunda acepción es "acto carnal", y tenemos que llegar a la tercera acepción para ver que también es "contaminación intensa y dañina del agua o del aire, producida por los residuos de procesos industriales o biológicos".

Y con la "polución" nos llegó otra palabra, esta extranjera: el "smog", que es el acrónimo de las voces inglesas "smoke" y "fog" (humo y niebla). El "smog" es, pues, la combinación de la niebla con el humo, y no tenemos ninguna voz española para referirnos a ese cóctel negruzco, y encima nos topamos con una palabrita totalmente ajena a nuestros hábitos articulatorios, ya que comienza con una ese líquida seguida de una eme, y termina con una ge, y ese tipo de palabros no existen en nuestra lengua.

He querido dejar para el final el comentario sobre el nombre del asunto sobre cuyo lenguaje estoy hablando: el "medio ambiente", a para ello voy a reproducir lo que dice una de las fichas del Informe sobre el lenguaje, que, elaboradas por el equipo de ABRA-Comunicación, se repartieron entre los diputados del Congreso durante tres años. Y dice la ficha: "Medio ambiente. Aunque se trabaja con absoluta dedicación y en varios frentes, aún no se tienen pistas sobre el autor de esta absurda redundancia. 'Medio' es el 'conjunto de circunstancias o condiciones exteriores en que vive alguien o algo'. Y 'ambiente', casi lo mismo; las 'condiciones o circunstancias de un lugar, que parecen favorables o no para las personas o cosas que en él están'. La real Academia, consentidora -continúa diciendo la ficha-, incluye en su diccionario este malparto gemelar del 'medio ambiente' ¡y logra explicarlo! Lleva camino de admitir el mundo mundial y a las hermanas Sister. Claro que en el fondo puede que no sea tan descabellado este pleonasmo ecológico. Dada nuestra constante agresión a la naturaleza, no deja de ser cierto que ya sólo nos queda la mitad del entorno; o sea, medio ambiente".

  • La lista puede hacerse mucho más larga y muchísimo más aburrida, pero lo que he pretendido al comentar esos ejemplos es demostrar la necesidad de una seria reflexión al respecto. Son necesarios reuniones, seminarios, simposios... en los que se intente llegar a ciertos acuerdos y después transmitirlos a través de los medios de comunicación. Tenemos que trabajar juntos los profesionales de las distintas ciencias del medio ambiente, los periodistas especializados en la información medioambiental y los lingüistas que nos ocupamos del buen uso del español en los medios de comunicación. Y el resultado de ese trabajo conjunto deberemos, eso sí, imprimirlo en papel ecológico reciclado.
  • Agencia EFE - Gómez Font, Alberto. Vademécum de Español Urgente (II), p. 120. Agencia EFE, Madrid, 1996.
  • ABC, jueves 5-9-96, pp 73-74.
  • Andrés Benito, Ana y Roger Loppacher, Olga. Diccionario del medio ambiente. Einia, Barcelona, 1994.
  • "Full de difusió de neologismes". Termcat (centre de Terminologia) Nº 6, Mayo 1990, Barcelona.
  • Véase nota nº3.
  • El País. Libro de Estilo. P.191.

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